Cuando las silvestres brillan en el jardín

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Hay plantas especialmente atractivas al atardecer. La flora espontánea, silvestre, arvense, cualquiera que sea, impregnan el jardín de primavera. Son flores que dejamos crecer en algunos rincones para que sea la naturaleza la que se encargue de agrupar especies.
  

Permitir crecer plantas silvestres en nuestro jardín es una cuestión de gustos y no siempre funciona, todo hay que decirlo. Es una satisfacción verlas brotar de forma espontánea y comprobar después que saben lo que necesitan. Claro que tal vez en en ocasiones se equivocan y caen en alguna que otra maceta o en un lugar al que no son del todo bienvenidas. No vayamos ahora a exagerar con el tema de la flora silvestre, porque también hay que saberla gestionar y a veces requieren algo de nuestra atención.


En el jardín, como en la vida, es precisamente en el equilibrio donde se suele encontrar la virtud. Un equilibrio que casi siempre es difícil de lograr. Mientras buscamos conseguir ese objetivo, nos podemos encontrar, una tarde cualquiera, con flores que brillan, no tanto con luz propia sino gracias a la luz del atardecer. Entonces piensas, después de todo, esto sí que es un privilegio.

Y ahí están. Las flores blancas del gamoncillo (Asphodelus fistulosus) que bailan al sol de la tarde en un día de primavera, junto a las espigas del Plantago lagopus y algún que otro Echium vulgare. Son humildes silvestres que han nacido en el jardín porque les correspondía; flora espontánea de un mes de abril que llegó después de un invierno lluvioso. Así de sencillo. No se puede pedir más. 


Silvestres en el jardín. Echium vulgare
Silvestres en el jardín. Plantago lagopus
Asphodelus fistulosus Silvestres en el jardín.
Diente de león. Taraxacum officinale