Un jardín para pintar. Nueva exposición de Sorolla en Sevilla

Joaquín Sorolla, Jardín de la Casa Sorolla,  1918-19  © Museo Sorolla


“Sorolla incorporó a su jardín multitud de colores a través de especies típicamente mediterráneas. Árboles como el ciprés, el mirto, el naranjo, el limonero o el laurel junto a flores como la rosa, el alhelí, la adelfa, el jazmín, el lirio y la cala, que se daban con gran exuberancia cuando el jardín gozaba de mucho sol” Sorolla no solo pintó el paisaje, también lo cultivo y ahora una nueva exposición nos muestra esa faceta de este pintor universal.


Hoy estoy de suerte. Tengo una nueva (y muy buena) disculpa para hablar de Sorolla. Ayer se inauguró la exposición Sorolla, un jardín para pintar en Caixa Forum, Sevilla. El título ya es en sí sugerente. La exposición, por lo que he podido ver y leer, pinta (y nunca mejor dicho) muy bien.  De modo que, me he puesto manos a la obra y aquí estoy, dispuesta a contaros hasta el último detalle de uno de los aspectos de la obra de Sorolla que más tiene que ver con la jardinería y el paisajismo.

En esta muestra, coorganizada conjuntamente por la Obra Social "la Caixa" y la Fundación Museo Sorolla, se descubre la fascinación de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863 - Madrid, 1923) por los patios y jardines árabes de Andalucía, a través de más de 170 óleos, bocetos, dibujos, esculturas, azulejos y fotografías, procedentes en su mayor parte del Museo Sorolla. Una joya de exposición, sin duda.




Joaquín Sorolla, Reflejos de una fuente1908. Museo Sorolla © Fundación Museo Sorolla



Fascinación por patios y jardines árabes de Andalucía


Antes de nada, quería mencionar que en este blog he citado esa faceta de Sorolla en numeras ocasiones y, muy especialmente, he hablado de su jardín en Madrid y su gusto por los patios y jardines árabes de Andalucía (ver Jardín de Sorolla: luz y agua con cerámica trianera). Precisamente, en la presentación de esta muestra, nos dejan claro que la fascinación de Joaquín Sorolla por la naturaleza se manifestó, especialmente, en su gusto por los jardines andaluces, como los jardines del Alcázar de Sevilla o los de la Alhambra de Granada, que pintó en numerosas ocasiones. “Sorolla admiró la combinación de la arquitectura y la vegetación, el colorido de las flores, la sensualidad de sus aromas y la presencia constante del agua, el rumor de las fuentes y los fascinantes efectos de los reflejos en las quietas aguas de las albercas”. Admiró todo eso, sí, y lo pinto magistralmente.


Joaquín Sorolla, Fuente del Alcázar de Sevilla.1908. Museo Sorolla © Fundación Museo Sorolla


Al introducir esta exposición, nos comentan que se muestra una faceta poco conocida del pintor. Yo, sin embargo, creo que, a estas alturas, no son pocas las personas que conocen ese perfil de Sorolla, quien concibió el jardín hispano árabe que había construido en su casa en Madrid (el actual Museo Sorolla) como un espacio para la inspiración pictórica en los últimos años de su vida, libre ya de compromisos con grandes instituciones. 

“Sorolla inició su propio jardín en 1910, con la construcción de su nueva casa; un jardín mediterráneo con rasgos de la jardinería del Renacimiento italiano y la hispanoárabe. Distribuyó sus espacios entre la intimidad y la vida social, le dio vida y lo pintó cuando ya era un artista consagrado”.




Una exposición y ocho secciones


En la presentación se han destacado diferentes ámbitos, dividiendo la exposición en 8 secciones que nos ayudan a recorrer la vertiente más jardinera de la obra de Sorolla, y que transcribo a continuación.


Un jardín para vivir. Un jardín para pintar

En 1909, a su regreso de los Estados Unidos, tras el éxito de sus exposiciones en Nueva York, Búfalo y Boston, Sorolla encarga el proyecto de su casa al arquitecto valenciano Enrique María de Repullés y Vargas, y recién obtenida la licencia para construir, en 1911, tuvo la oportunidad de comprar más terreno para ampliar la solar inicial. De este modo, reformado el proyecto, lo que iba a ser un pequeño un jardín cuadrado delante de una casa rectangular, se convirtió en una casa en forma de “L”, abrazada por un jardín con la misma forma, como un yin y un yan. A esta hermosa casa se trasladó la familia a finales de 1911.

Aunque sus jardines fueron pensados para ser pintados y para disfrutarlos en familia, también debían cumplir su misión como espacio para la vida social, pues recibirían a su elegante clientela antes de adentrarse en el estudio, y a los amigos más cercanos para agradables tertulias y tés, al sol o bajo el pórtico del primer jardín en invierno, y a la fresca sombra de la pérgola en verano. En vida de Sorolla el jardín no estaba todavía cercado por los altos bloques de pisos actuales, el sol lo bañaba generosamente y florecía en abundancia, regalando su perfume, pero sobre todo los colores que, sin duda, Sorolla había escogido con sus ojos de pintor.


Primer jardín. Sevilla 

El impacto que los jardines del Alcázar de Sevilla hicieron en Sorolla es fácil de percibir por la fuerza con que algunos de los motivos de jardín sevillano se manifestaron luego en el del pintor. Los cuadros que representan el Jardín de Troya – o Rincón del Grutesco-, con su pórtico clásico, la escalera decorada con azulejo que le da acceso y la fuente de mármol se confunden fácilmente con los del propio jardín delantero, o primer Jardín, de la casa de Sorolla.

Aunque éste, como el patio de la casa, fue trazado por el arquitecto, se ve la voluntad de Sorolla en la elección de esos motivos. También la contundencia de los setos del Alcázar, tal como Sorolla los pinta, tiene su trasunto en este jardín, así como la brillante policromía de los azulejos que cubren el banco (sevillanos éstos, de la antigua casa Mensaque) y las contrahuellas de la escalera del pórtico, y también la forma de enmarcar el paso al segundo jardín con dos altas columnas rematadas en figuras escultóricas. La fuente de mármol, con su taza lobulada, es otro recuerdo de la del Jardín de Troya. La actual fue colocada en 1914; antes hubo otra, que nunca gustó a Sorolla, y que desmontó colocando su taza redonda en el estanque del tercer Jardín.

Joaquín Sorolla, La alberca, Alcázar de Sevilla.1910. Museo Sorolla © Fundación Museo Sorolla


El patio andaluz

Fue trazado por el arquitecto a la vez que la casa y el primer jardín, como patio de luces para la zona interior de la casa. La composición del patio es la tradicional en cruz, con cuatro parterres y una fuente en el centro, cuyo diseño parece directamente inspirado en una de las fuentes que Sorolla pintó en el Alcázar. Las especies escogidas son cipreses y adelfas. A juzgar por las numerosas veces que pinta cipreses en los patios de la Alhambra es indudable que la forma de estos árboles, con su fuerte acento vertical, le produjo una poderosa atracción; una elección en principio apropiada para las reducidas dimensiones del patio, aunque nunca llegaron a lograrse bien. La adelfa, tan valenciana, llegó a tener, si hemos de creer los cuadros de Sorolla, un momento de extraordinario esplendor.

Los azulejos garantizaron la permanencia del color en todo tiempo: azules de la fábrica trianera de Mensaque los de la fuente; verdes y amarillos, de la fábrica talaverana de Ruiz de luna, los de las galerías. Y la cerámica alegró siempre sus paredes, en estantes con cacharros y en numerosos cuadritos formados por azulejos antiguos enmarcados.


Joaquín Sorolla, Patio de la Justicia, La Alhambra de Granada 1909. Museo Sorolla © Fundación Museo Sorolla


Segundo jardín. Roma y Granada

El segundo jardín, bisagra entre el primero y el tercero y ángulo de la L que forma el conjunto, fue el último en construirse. Seis años pasaron desde la inauguración de la casa hasta 1917, fecha en que al parecer quedó terminado. Las primeras ideas de Sorolla muestran una planta muy cuadrada, con una gran fuente de pie alto en el centro. El deseo del pintor de colocar una pérgola transformará la planta dándole un sentido longitudinal. Finalmente, la pérgola se hará en el tercer jardín y se sustituirá por una columnata, que separa los jardines segundo y tercero en la actualidad.

La planta quedó definida como longitudinal con el diseño de los parterres y el canalillo o riad que discurre entre ellos, desde una fuente hundida de taza redonda, como las que Sorolla había visto en la Alhambra, hasta un pequeño estanque. El elemento definitivo para cerrar la perspectiva llegó con el regalo de una estatua romana, un togado que Sorolla recibió en 1916.

Todavía en 1917, en su último viaje a Granada, Sorolla busca en la Alhambra algunas ideas para su “nuevo jardincillo”, que ese mismo año queda el jardín terminado. Curiosamente, siendo el jardín que más preocupó a Sorolla, como demuestran los numerosos dibujos en anotó sus ideas, fue luego el que menos pintó: el cuadro que aquí se presenta es el único que conocemos del conjunto de este jardín.


Joaquín Sorolla, Jardín de la Casa Sorolla, ca. 1918 © Museo Sorolla

El tercer jardín

El tercer jardín se construyó a la vez que el primero (1911): su rasgo principal era un estanque que, con su reflejo, multiplicaría la luz de este espacio, muy encerrado por la tapia de la casa vecina y por la propia casa de Sorolla. Lo preside un grupo escultórico. En este jardín los parterres se dejaron en principio sin rebordes y durante un tiempo creció con aspecto algo salvaje.  En 1915 Sorolla acometió la reforma de este espacio para colocar una pérgola y regularizar los parterres con bordes de obra rematados con aliceres alegre de cerámica blanca y azul. Alrededor del estanque se plantaron lirios blancos y morados, rododendros, hortensias y azaleas, y en un parterre lateral alhelíes rosados que Sorolla pintó varias veces. La pérgola se convirtió en un lugar de reunión y así la vemos en sus cuadros, con sus mesas y sillas de mimbre blanco. Sigue siendo hoy el lugar favorito de los visitantes.


Ejes, perspectivas y transiciones

El paraíso doméstico diseñado por Sorolla establece, pues, cuatro espacios claramente diferenciados: cuatro jardines, cuatro conceptos, cuatro funciones perfectamente imbricados y encadenados a través de una fuerte estructura axial. Así, los dos ejes articulados en “L” siguen la forma de la parcela y unen los jardines entre ellos mediante circulaciones en codo y visuales oblicuas que permiten un descubrimiento lento y pausado de las relaciones inter-espaciales: los jardines se van desdoblando incesantemente, desvelándose ante el espectador.

El trabajo de Sorolla residirá en desarrollar un complejo proceso proyectivo en el que el jardín salta de las dos dimensiones del lienzo a la realidad física del jardín, en un proceso de ida y vuelta que generará un sin fin de posibilidades pictóricas, fuente de inspiración para muchos de sus cuadros. Unos reducidos metros cuadrados se convertirán en infinitas instantáneas fugaces de momentos aún más transitorios, intuitivos, despreocupados, alegres; construcción intelectual de una necesidad vital del artista.


Joaquín Sorolla, Jardín de la Casa Sorolla, 1918-19  © Museo Sorolla


• Elementos y detalles

Los jardines fluyen uno detrás de otro a través de los ejes y sus elementos focales, de sutiles perspectivas con elementos de transición y puntuación: escalones que salvan los desniveles, columnas que subrayan las conexiones entre cada jardín y su vecino, fuentes, solados, bancos y tiestos de cerámica de vivos colores. Mención especial debe hacerse a las esculturas, actores principales de la vida de jardín que, marcando ejes de perspectiva, aportan sensualidad y movimiento frente a la trama axial del jardín.  Cada uno de los detalles que aún hoy podemos ver del jardín que soñó el pintor está meticulosamente pensado por la mirada del artista que tiene ya en su cabeza la idea de los cuadros que en él pintará cuando esté construido, plantado y florecido. Es la recuperación de la esencia de nuestros jardines en el llamado jardín neo-español, del que Sorolla será precursor.


Las especies del jardín

Son numerosas las especies vegetales que pueden identificarse en los cuadros pintados por Sorolla y en las fotografías tomadas en su casa de Madrid. Los jardines que visita y tiene ocasión de pintar en sus numerosos viajes por España, le brindan la oportunidad de descubrir el potencial estético de muchas de las plantas que posteriormente enviará a Clotilde con instrucciones precisas sobre cómo utilizarlas en su propio jardín. Éstas constituyen piezas fundamentales en la composición de perspectivas y transiciones, dotando de fuerza a sus escenografías, y le permiten volver a demostrar su maestría en el tratamiento de la luz ahora tamizada a través de las hojas de los árboles.

A esa intencionalidad estética y sensorial de las plantas utilizadas y retratadas por Sorolla se une una segunda lectura que nos habla de siglos de descubrimientos botánicos, avances en las técnicas de jardinería, esquemas de plantación heredados de otros tiempos y reminiscencias simbólicas que Sorolla fusiona con gran acierto para constituir un documento único y personal.


Joaquín Sorolla, Clotilde en el jardín 1919-1920. Museo Sorolla © Fundación Museo Sorolla


Selección de plantas con ojos de pintor

De todo ese recorrido vital y artístico que nos facilita esta presentación de la exposición, uno de los aspectos que más me fascina de la obra de Sorolla que se refiere a su jardín de Madrid, es la selección de especies vegetales que, indudablemente, hizo con ojos de pintor y que se ha descrito claramente en la muestra, donde se destaca ese aspecto botánico que tuvo en cuenta Sorolla, para lograr que su jardín le proporcionara los valores que más apreciaba desde el punto de vista artístico: color, variedad, movimiento, vida. Fantástico. En realidad, creo que es lo que han hecho todos los pintores-jardineros que han destacado a lo largo de la historia.

A las especies típicamente mediterráneas le siguieron especies atlánticas, había que adaptarse a las condiciones “Con el tiempo, la sombra de los arboles crecidos y los edificios altos de alrededor han creado otro clima, más húmedo y oscuro, perfecto para especies más atlánticas, como las azaleas, los rododendros y las camelias, que aportaban color en los rincones más umbríos”.

Precisamente, el crecimiento de la plantación de ese jardín que se aprecia en las pinturas de Sorolla ayudó a ponerle fecha, posteriormente, a algunos de los cuadros que estaban sin catalogar. Ver "Jardín de la Casa Sorolla" y el crecimiento del rosal amarillo.

No cabe duda de que la trayectoria de Sorolla en ese aspecto, le otorga el merecido reconocimiento como uno de los grandes pintores-jardineros, un mérito que también reconocieron los comisarios de la exposición Painting the Modern Garden: Monet to Matisse, que organizó hace dos años la Royal Academy of Arts de Londres y que he compartido en este blog. Un reconocimiento que ahora le brinda, también, esta exposición que parece haber tocado el corazón del pintor Sorolla más jardinero.

La exposición Sorolla, un jardín para pintar puede visitarse en Caixa Forum de Sevilla hasta el próximo 15 de octubre de 2017. Mientras decidimos si vamos o no, vamos a recordar algunas de esas pinturas, seguro que más de una nos ilumina la mirada.



CaixaForum Sevilla
Camino de los Descubrimientos esq. C. Jerónimo de Aguilar. 
Sevilla • Tel. 955 65 76 11
Horario: de lunes a domingo, de 10 a 20 h 



Joaquin Sorolla, Louis Comfort Tiffany, 1911. Painting the Modern Garden: Monet to Matisse