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Thomas Fairchild, el jardinero urbano del siglo XVIII que creó la primera planta híbrida

The City Gardener, 1722. Thomas Fairchild | Biblioteca Guildhall, Londres

Thomas Fairchild escribió El Jardinero Urbano (The City Gardener) en 1722, cuando ya era uno de los principales viveristas de Londres y uno de los más prominentes horticultores del siglo XVIII. Sus experimentos botánicos le llevaron a producir con éxito el primer híbrido del que se tiene constancia mediante polinización cruzada. Pero también fue un jardinero adelantado a su tiempo, que alentó a los ciudadanos a aprovechar cada centímetro cuadrado de espacio potencial para el cultivo, incluso “en lo alto de las casas, entre las chimeneas”, convencido de los beneficios que la jardinería tenía para la vida urbana.


Thomas Fairchild


Thomas Fairchild (c.1667-1729) era un jardinero de éxito que dirigía el pequeño vivero que había fundado en 1690 en Hoxton, por aquel entonces un suburbio de Londres dominado por huertas. Un vivero que llegó a ser muy popular entre los londinenses debido a la colección de plantas exóticas e inusuales que cultivó allí durante cuatro décadas.

Thomas Fairchild, retrato
Retrato de Thomas Fairchild | Department of Plant Sciences, Oxford University

Aunque Fairchild nunca pretendió ser un científico, sí era consciente de los importantes avances que se estaban logrando en la comprensión de la sexualidad y la reproducción de las plantas. De hecho, fue el primero en poner en práctica lo que hasta entonces no eran más que teorías. No descubrió el sexo en las plantas, pero mostró al mundo cómo explotarlo.


Logró crear con éxito el primer híbrido artificial


No hay duda al respecto. Las aportaciones de Fairchild fueron muy influyentes, sobre todo sus experimentos botánicos. Mantuvo correspondencia con Carl Linnaeus, creador de nuestro moderno sistema de nomenclatura binomial para la identificación de plantas. Fue la primera persona en crear con éxito un híbrido artificial de clavel, obtenido mediante la polinización cruzada de un clavel del poeta (Dianthus barbatus) y un clavel rosa (Dianthus caryophyllus).

Ese híbrido estéril de Dianthus de primera generación le sirvió para demostrar que las plantas podían reproducirse sexualmente y que era posible el fitomejoramiento racional. Ese híbrido se dio a conocer como ‘Fairchild’s Mule’ (Mula de Fairchild) porque, aunque supuso un avance importante, la planta producida era estéril. Todo un logro, sin embargo, porque fue el precursor de miles de variedades modernas.

Clavel del poeta (Dianthus barbatus)
Clavel rosa (Dianthus caryophyllus)

Dos especímenes secos de ‘mula de Fairchild’ | © Oxford University Herbaria

Sin embargo, tal y como se recoge el escritor Michael Leapman en su libro The Ingenious Mr. Fairchild: The Forgotten Father of the Flower Garden, sus afirmaciones como un importante innovador hortícola pasaron desapercibidas durante más de un siglo. La razón principal era que a los viveristas y jardineros de aquella época les llevó su tiempo comprender los enormes beneficios que traería la hibridación, ya que iba a aumentar la gama de plantas que podían ofrecer a sus clientes.

En realidad, el mundo de la jardinería se convenció del valor de la técnica de Fairchild solo cuando los hibridadores comenzaron a producir una nueva y deslumbrante variedad de plantas y flores populares, desde rododendros (Rhododendron sp.) hasta guisantes de olor o arvejillas (Lathyrus odoratus).

Thomas Fairchild, The City Gardener
Del libro The City Gardener de Thomas Fairchild | © RHS Lindley Library

Además, gracias a la relación que Fairchild mantuvo con otros afamados naturalistas, como Mark Catesby y Richard Bradley, que le enviaba especímenes recogidos durante sus expediciones, llegó a introducir en Inglaterra varias especies norteamericanas, hoy habituales en jardines de todos los rincones del mundo, como el tulipero de Virginia (Liriodendron tulipifera) y el cornejo florido (Cornus florida), así como diferentes especies de exóticas plantas suculentas traídas de Sudamérica.


The City Gardener, primer libro de jardinería dirigido a un público urbano


Siendo ya uno de los principales viveristas de Londres y uno de los más prominentes horticultores del siglo XVIII, en 1722 Thomas Fairchild publicó su libro The City Gardener (El Jardinero Urbano), cuyo título completo resume el contenido y la intención de su autor: The City Gardener, que contiene el método más experimentado de cultivo… como árboles de hoja perenne… arbustos… plantas exóticas, etc., que serán ornamentales y prosperarán mejor en los Jardines de Londres. En definitiva, un manual sobre el cultivo de árboles ornamentales, frutales, arbustos y plantas de flor en las diferentes condiciones climáticas y de crecimiento de Londres.

Los jardines de la ciudad, con una inusual disposición de árboles frutales tradicionales ingleses junto con plantas más exóticas se ilustran en el grabado del frontispicio del libro, donde se representa un jardín elegantemente trazado con amplios senderos. Allí, donde dos señores con pelucas, levitas y espadas caminan entre macetas construidas con barricas de madera que contienen grandes y exóticos arbustos en flor.

Thomas Fairchild, The City Gardener
© The British Library

Blanche Henrey, historiadora de jardines y ex archivera del Museo de Historia Natural de Londres, identificó esos arbustos como un agave, un platanero, una palmera enana y un cactus. En cualquier caso, plantas tiernas que, obviamente, tendrían habrían tenido que trasladarse a habitaciones con calefacción para soportar los inviernos londinenses.

A ambos lados del camino, se ve a dos jardineros, uno con una azada y el otro con una pala, que trabajan en los macizos de flores formales. Más allá hay dos estructuras de ladrillo con techos inclinados, posiblemente semilleros para el cultivo de plantas tiernas.

The City Gardener llegó a convertirse en el primer libro de jardinería dirigido a un público urbano, para el que su práctica suponía un reto debido a la contaminación y a la falta de espacio. En él, Fairchild instó a sus lectores a aprovechar cada centímetro cuadrado de espacio potencial para el cultivo en la ciudad, incluso «en lo alto de las casas, entre las chimeneas». Para ello, les asesoró sobre las mejores plantas para cultivar en Londres, sugiriéndoles las especies adecuadas para los balcones y patios de esa ciudad.


La importancia de los jardines urbanos


Los desafíos a los que se enfrenta la jardinería en pueblos y ciudades hoy en día, donde más de la mitad del parque inmobiliario suelen ser pisos, no son muy diferentes a los de la época de Thomas Fairchild. Algo significativo si tenemos en cuenta que hay 300 años de diferencia entre ambos escenarios.

Lo cierto es que en el Londres de Fairchild muchos barrios estaban incluso más densamente poblados que hoy en día, con edificios que se habían subdividido para alojar a la mayor cantidad de personas posibles. Sin embargo, en tiempos en los que había poca comprensión o preocupación por la conservación de la vida silvestre, Fairchild irrumpió sugiriendo que Londres se beneficiaría de parques y jardines «naturales» en lugar de demasiadas plazas formales.

© RHS Lindley Library

El plan de Fairchild para una plaza de Londres publicado en The City Gardener muestra un diseño de senderos bastante formal pero una densa plantación de árboles y arbustos. En él se incluye una rica variedad de árboles y arbustos en flor como lilas (Syringa sp.), laburnos (Laburnum sp.) y acacia virginiana (Robinia pseudoacacia), que proporcionan un rico hábitat para la vida silvestre.

Fairchild también destaca en su libro la necesidad de elegir plantas que sobrevivieran a la contaminación provocada por la quema de carbón marino en la ciudad, un combustible barato y de baja calidad que emitía humo negro y óxidos de azufre que reaccionaban con el agua para acabar produciendo lluvia ácida.

Fue, en definitiva, la primera persona en escribir sobre los placeres y, también, sobre los desafíos de la jardinería en Londres. Un manual de jardinería urbana elaborado hace 300 años que ya anunciaba la necesidad de reverdecer los espacios urbanos para mejorar la estética de los pueblos y ciudades, fomentar la vida silvestre y contribuir al bienestar mental, tal y como fomentó Fairchild en su libro. Han pasado tres siglos, y todavía hay quien lo cuestiona.



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