Tiempo de gardenias | El Blog de La Tabla

11 junio 2012

Tiempo de gardenias



Por mucho que se empeñen algunos en tener gardenias para el día de los enamorados, entre todos los cultivares que existen, es muy difícil que las gardenias florezcan de manera vistosa en febrero y comienzos de primavera,  salvo que forcemos el cultivo con calefacción, fotoperiodo y otras técnicas sofisticadas que, lógicamente la convierten en una planta débil para el jardín, por no decir, imposible de culitvar en él.




Ahora bien, si hablamos de gardenias totalmente adaptadas al exterior,  el mes de mayo y, especialmente, junio suele ser su época de floración profusa, junto con los meses de otoño, llegando a alagarse la floración hasta finales de diciembre.








La que os muestro es una de las que tengo en casa.  Una Gardenia jasminoides 'Ausgust beauty'. Está en contenedor de 50 litros, porque en Valencia la tierra caliza, lógicamente, no la dejaría prosperar.  Tiene un diámetro de 1,20 m y altura de 1,10 m..   Pero, ya conocéis el refrán 'en casa del herrero, cuchillo de palo'. No puedo decir que me sienta especialmente orgullosa, porque sé que la planta tendría que haberla abonado con mayor frecuencia. En realidad, es lo único que pide la gardenia. Un abono equilibrado en el riego desde la primavera hasta el otoño. Cualquier abono universal nos vale. Sólo así la ayudaremos a florecer. Quiere comida, no en exceso, debido a su sensibilidad a las sales, pero es tajante en este tema: sin comida no hay flores.






Sólo cuando se trata de una planta suficientemente madura (de más de cuatro años), podemos permitirnos el lujo de descuidarnos un poco, pero sucederá lo que vemos en este ejemplar,  que las flores no son tan grandes como debieran y, puesto que la prioridad son los botones en detrimento de la vegetación, el resultado final es una planta menos vistosa y poco vigorosa.


Me pondré manos a la obra, para poder mostraros en septiembre una gardenia mejorada y embellecida. Mientras tanto, confío en pueda llegaros la fragancia que desprenden cada vez que el viento mece sus flores. Es un lujo. Para qué negarlo.


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