Los pazos gallegos (I) | El Blog de La Tabla

14 abril 2015

Los pazos gallegos (I)




Soñar es un privilegio y como tal, deberíamos saber administrarlo, guardarlo, para poder echar mano de él cuando solo soñando podemos alcanzar la felicidad.

Cuando se es joven, más aún, cuando somos niños,  nuestra mente absorbe experiencias que se guardan como tesoros. Los jardines históricos y sus viviendas suelen estar ligados a nuestros recuerdos. No es necesario haberlos habitado, ni siquiera por unos minutos. A veces, ese recuerdo se sitúa en una casa, cercana a la tuya, con un muro alto por la que se pasabas casi a diario. Otras veces, esa casa con un muro alto es la que estaba en el camino entre un pueblo y otro, por el que pasabas cuando disfrutabas de las vacaciones de verano. También puede ser la casa que vimos aquel día que nos llevaron de excursión. Esas casas son singulares, del mismo modo que lo son sus jardines y nuestras vivencias.


PAZO BACHAO 

Ni el tamaño de la casa, ni la piedra, ni la finca hacen al pazo Para alcanzar esa categoría de pequeños palacios rurales, las viviendas solariegas gallegas deben cumplir una serie de requisitos. «Capilla, hórreo, palomar y ciprés, pazo es», dice la tradición.

Los pazos son casas que se ubican generalmente en zonas rurales. Aisladas del exterior. Con huerta cerrada, molinos con el agua necesaria y tierras de cultivo. A su alrededor transcurría la vida de los aldeanos que trabajan las tierras del hidalgo.

P. QUINTEIRO DA CRUZ DE RIBADUMIA Foto Martina Miser

Hasta fines del siglo XVII, y a veces hasta avanzado el XVIII, muchos pazos eran grandes caserones rústicos y toscos, de considerable tamaño, pero de escaso lujo. De esos rudos caserones se pasó a los pazos o palacios ideados como quintas de recreo. Espacios en los que la piedra, la decoración, el agua y el jardín aparecían para el deleite de los sentidos. Las casa rustica se refinaba, el patio que antes se destinaba a trabajos agrarios, se empezaba a acicalar para presentarse con distinción: Escalinatas, chimeneas, torres, jardines, fuentes, capillas, constituyen elementos de distinción frente a los campesinos, sean o no colonos de los señores del pazo.



PAZO LOURIZAN Foto Capotillo via La Voz de Galicia

Cuando se habla de la vida paciega, de los moradores de los pazos, existe un estereotipo literario, el que hemos percibido a través de las obras de escritores como Emilia Pardo Bazán o Valle Inclán, que suele referirse a un hidalgo ignorante, rudo. Sin embargo, parece que ese estereotipo no es del todo acertado o, al menos, no se debería generalizar.

Es cierto que en el siglo XVIII los pazos eran ocupados por pequeños rentistas, dedicados a la labranza y crianza, a la aparcería, situados dentro de la comunidad rural.  

En el siglo XIX los hidalgos más nobles ya residían en zonas urbanas. Es en ese momento cuando los gustos refinados distancian a los pazos del ambiente campesinos. Los altos muros y los grandes portalones que los visitantes encontraban antes de entrar en el pazo lo dejaban ya claro. Había una distancia con a la comunidad rural. 

Los Pazos en Galicia dan para mucho, sus jardines también. Como los recuerdos que guardamos en su día y después los rescatamos, los buenos para disfrutarlos y los malos para combatirlos.

PAZO RUBIANS  Foto Mónica Irago via La Voz de Galicia
PAZO MARIÑAN  Foto Paco Rodríguez via La Voz de Galicia
PAZO VISTA-ALEGRE Foto Mónica Irago vía La Voz de Galicia
PAZO VILLAMARIN Foto Miguel Villar via La Voz de Galicia
PAZO DE OCA Foto Marcos Míguez vía La Voz de Galicia





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